De potente fuerza expresiva, Cristo se presenta en profunda soledad y completamente abatido, a la espera del momento culminante de su Pasión, la muerte en el Gólgota. Sentado sobre la piedra fría, hábilmente resuelta como un conglomerado rocoso colorido, su rostro sumido en sus pensamientos y su cuerpo en tensión. Desnudo, salvo por un escueto paño de pureza que hace gala de la plasticidad de sus pliegues, nos permite ver una poderosa y cuidada anatomía en ligero contraposto. Con expresión de intensa tristeza contenida pero llena de nobleza y dignidad, Jesucristo figura maniatado por una soga natural que anuda también su cuello. Con grandes ojos hundidos bajo marcados arcos superciliares, nariz perfilada, entrecejo fruncido y pómulos prominentes, muestra un rostro enjuto y ensangrentado que recoge el modelo de los Mora. Se manifiesta ante nosotros con las huellas de los padecimientos de la flagelación, en forma de moratones y regueros de sangre que recorren su rostro, torso y extremidades. Los brotes de sangre que caen sobre su frente, mejilla y sien, sugieren la presencia de una corona de espinas no conservada. Igualmente, unos pequeños orificios en la piedra parecen indicar la colocación de algún otro atributo, bien un cesto con martillos y clavos, bien una calavera, que desgraciadamente, tampoco han llegado hasta nosotros. De gran hondura espiritual y enorme belleza formal, resulta un brillante ejemplo de la gubia del menor de la saga de los Mora, que debe ocupar el lugar que merece en el escalafón imaginero…
Circa 1700-1720
Madera de pino tallada y policromada, ojos de pasta vítrea, cordón natural encolado
26 ´ 14 ´ 12.5 cm